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LA VIDA ENTRE PARÉNTESIS



I - De repente


Te percibes retornando con dificultad de territorios que se desvanecen, mientras lentamente comprendes que permaneces allí, en la misma cama de la misma habitación donde cerraste los ojos que ahora pretendes abrir con dificultad.

La pereza determina todos tus movimientos. Desandas los últimos pasos de tu noche anterior. Reconoces luces, espacios, sonidos, objetos. El agua reanima tu desnudez: tu cuerpo está completo, aparentemente no has extraviado ninguna de tus partes.

Estás, otra vez, supuestamente vivo, deseoso, obligado o resignado, pero todo indica que dispuesto a gastar tu día en gestos y movimientos más o menos previsibles y acompasados. No faltarán los ruidos y las palabras, las manos y las miradas. Algunas sonrisas. La indiferencia. La soledad o un poco de amor.

Y todas estas posibilidades en el caso de que no despiertes en medio de cualquier violencia, o condenado a la miseria y la más absoluta desesperanza. Pero no hay riesgos, tú perteneces al mundo de los privilegios, aunque casi nunca seas consciente porque para ti forman parte de la normalidad, de la seguridad de tu presente y tu futuro.

Hoy, que puede ser cualquier hora de cualquier mes de cualquier año de tu vida terrestre, suponiendo que aún te aguarden otras vidas en otras dimensiones imaginarias, hoy, de repente, te quebrarás.

Y por un instante, un momento o un plazo de tiempo imposible de calcular, te balancearás al borde de tu abismo. El que te corresponde. Porque, no lo dudes, multitudes de otros estarán al unísono asomados a sus abismos particulares, y todos, al igual que tú, deberán reflexionar. Sobre los límites. Sobre los miedos más atávicos. Sobre el dolor. Sobre el tiempo. Sobre la vida y la muerte.

Silencio: no grites, ni llores ni te desesperes. O sí, grita, llora, desespérate hasta que dejes de balancearte y logres recuperar algo de equilibrio. Hasta que comprendas que hoy te toca quebrarte. Que el vértigo que casi te derrumba también es vida. Que tan sólo eres uno más en la multitud. Que puedes renacer. Y que siempre es maravilloso renacer si en la breve o larga vida que te espera todavía quieres aprender.  Simplemente aprender. Sin objetivos precisos. Sin límites definidos.

Hoy desandas los últimos pasos de tu noche anterior. Reconoces luces, espacios, sonidos, objetos. Estás, otra vez, supuestamente vivo, dispuesto a gastar tu día en gestos y movimientos más o menos previsibles y acompasados.



II - Los otros y sus acompañantes


Ahora, ya, estás comprobando que perteneces a la multitud. Que eres uno más entre los otros y sus acompañantes. Que tu supuesta única identidad casi no te diferencia de todos ellos que, seguramente, se habrán balanceado al borde de un abismo semejante al tuyo. Y algunos se habrán quebrado sin solución, y aún estarán gritando y sollozando su desesperación, mientras que otros habrán aceptado en silencio el desafío y se empeñan en buscar estrategias y soluciones. De lo más natural y cotidiano.

Al fin, el drama es sólo una manera de expresar un suceso, más o menos habitual, que también podría encararse con ironía e incluso combatirse con una buena dosis de humor inesperado (o desesperado), aunque algunos no lo comprendan y hasta puedan escandalizarse por esta abrupta forma de interrumpir tragedias.

Lo real e indiscutible es que ya eres uno de los otros y sus acompañantes, circulando con obediencia por los mismos interminables pasillos. Esperando turnos. Aceptando incertidumbres. Suponiendo probabilidades. Plazos. Límites. Finales.

Los otros son Ella, que aún no ha cumplido veinte años y no puede comprender por qué a ella que recién inicia su juventud; Aquél, que en medio de su treintena no puede comprender por qué a él que todavía está disfrutando de su juventud; Él, que rondando los cincuenta suponía que había logrado éxitos, metas, prestigio y no puede comprender por qué a él después de tanto esfuerzo; Aquélla, que siempre planeó sus últimos años en paz y no puede comprender por qué a ella que sólo desea serenidad.

Mientras tanto, los acompañantes no parecen tener edad ni expectativas ni desilusiones, tal vez porque no son los protagonistas. Ellos están obligados a ser comprensión, abrazos, consuelo, equilibrio, sensatez… Ellos están obligados a ofrecer vida. Maquillados de optimismo, sólo pueden desesperarse ocultos en rincones, a la hora de las pesadillas, en espacios vacíos, sin testigos o compartiendo silencios con otros acompañantes.

Qué enorme sería la soledad de los otros sin sus acompañantes. Qué enorme sería mi soledad solo entre los otros y sus acompañantes.   
    


III - Entre paréntesis


Ahora que me he tomado el helado, siento como si todo fuese extraño, distante, ajeno. Como si ya no perteneciera al mundo agitado que me rodea.  Dormir trescientos años puede relajar pero desconcierta. Mi única opción es comenzar de nuevo, aunque no sé desde dónde ni hacia dónde. Nacer suele ser conflictivo.

Creo que desde siempre he intuido que la vida y la muerte no se oponen que, simplemente, forman parte inseparable de un mismo proyecto que podemos justificar de mil maneras sin llegar jamás a saber cuáles son sus reales designios, suponiendo que lo real exista.

Al fin, cuando celebramos el triunfo de la vida, es sólo que la muerte se ha postergado.

Nos queda el aliciente del amor, esa vibración poderosa, única, total, inclasificable, que nos redime y nos incita a volver para intentarlo una y otra vez, a pesar de todo, por los siglos de los siglos.



El primer amanecer fue sólo un resplandor que percibí fugaz, mientras una especie de mayordomo solemne y absurdo me indicaba la habitación donde una mujer, de labios repintados, comenzó a darme órdenes secas, inapelables, que doblegaron mi voluntad hasta dejarme indefenso.

Después, aparecieron dos guías impacientes decididos a conducirme por una intrincada sucesión de pasillos y recodos, donde se alternaban penumbras y luces deslumbrantes, rumbo a la larga noche que tal vez me esperaba.

Por fin, mis párpados se debatieron unos segundos todavía hasta que mi cuerpo se entregó sin condiciones a la ausencia impuesta. ¿Dónde se resguardan las emociones, las expectativas, la memoria, las palabras? ¿Cuánto sufren, cómo las hiere el tiempo suspendido? 

En el hondo vacío de la oscuridad a veces se insinúan murmullos, palabras que no pueden surgir de mi garganta, que no se manifiestan en mis labios resecos y se desintegran sin significados. La soledad es inmensa, pero no hay manos para aferrarse a nada porque la nada es total. Y el aire es mezquino, y mis pulmones no alcanzan a contenerlo… Tal vez unas gotas de agua… Quizá reconocer mis límites en el espacio… Pero el espacio no existe y tampoco el agua ni el aire imprescindible para liberar la angustia que se va alojando en esta pesadilla que me aprisiona, que me sobrecoge a su antojo. En este mal sueño que parezco ser, si es que aún resta algo de mí.

Se mueven formas, cuerpos, luces y otra vez palabras, indescifrables, sobre un plano frontal que bruscamente se eleva por encima de mi cabeza y amenaza con desplomarse sobre mi cuerpo que parece ir recobrando sus contornos. Y de nuevo la oscuridad impenetrable, y el agua y el aire ausentes que van desesperándome. Y la imagen frontal que cambia de posición y vuelve a amenazarme mil veces, con una frecuencia vertiginosa que me precipita en el vacío más insondable del que retorno cada vez con mayor dificultad, impregnado de un miedo lento, casi sin esperanzas. 

De improviso, comprendo que puedo rechazar esas sensaciones convulsas que no he elegido. Puedo pensar, desear un final liberador que me rescate, que me rescate, que me rescate…   
No creo que la muerte sea más cruel que esta noche interminable que me atormenta.

Porque, de todos modos, ¿adónde me conducirá la vida si no es hacia la infalible muerte?

Necesito una breve señal de luz que me entibie, un aliento que me acune. Un abrazo que me incorpore. Un beso que me retorne. El dolor es infinito cercado por la oscuridad. Si pudiera gritar, si pudiera llorar y llorar y gritar para que se extinga la noche. Pero el llanto y el grito necesitan la fuerza de un impulso inalcanzable para mí.

Antes o después de la más absoluta desolación, en el centro exacto de un territorio helado sin horizontes, un hilo de luz húmeda se posará en mis labios y me penetrará muy lentamente… Tal vez una señal de la vida que aún me reclama, quizás el primer gesto de la muerte que me recibe…

Ansío paz, quietud, silencio… Necesito salir de mí, huir, correr…

La mano de una voz femenina, intensa y cálida, se posa en mi cabello con delicadeza y me invita a despertar. Puedo intuirla en medio de una luz acogedora. Pero decido dormir trescientos años y ella me comprende.



No sé cuándo me han instalado entre tres paredes y una ventana con cielo, tangibles y concretas. Objetos azules rodean el espacio que me contiene. Cualquiera consigue, apretando botones, cambiar mi posición, mejorar o empeorar mi apariencia yacente o someterme al dictado de sus intereses. Casi no puedo moverme conectado a múltiples cordones umbilicales por los que circulan, gota a gota, fluidos incoloros que me penetran pausadamente, sin dolor. Esta es mi vida recuperada de hoy, frágil y vulnerable, que podría destruirse sólo con un brusco rechazo de mi cuerpo. Pero aún no soy dueño de mis decisiones ni me atrevo a gestionar mis movimientos.

Estoy, espero no sé qué, reconozco voces y sonrisas que me confortan y creo que me alejo poco a poco de la noche interminable, aunque todavía no han transcurrido mis trescientos años de sueño.

Pero la noche retornará sombra a sombra, y una luz oblicua revelará un muro con florero y margaritas que se deshojan  como sacudiéndose la torpeza de los colores. Desde entonces, los días serán de ventana con cielo y las noches de muro iluminado con margaritas deshojándose. Pero ahora, se ha vuelto a instalar el temor en mi cabeza. Y ya me deslizo, nuevamente, por territorios inciertos y peligrosos que aumentan mi fragilidad, habitados por mujeres de caderas majestuosas y pechos mullidos que parecen acudir, desde la luz oblicua, para observarme con aparente inocencia y curiosidad. Mujeres que me rondan. Que permanecen atareadas con sus rituales alrededor de mi yugular, entre murmullos y telas que se frotan levemente cruzando el aire extraño de la madrugada con miedo. Hasta que desandan sus pasos con prontitud y sólo queda mi cuerpo exhausto, amenazado por el muro y las margaritas con florero acosando mi agobiado espacio sin salida.



Vuelve a amanecer, y los cordones umbilicales y yo logramos, con dificultad, instalarnos frente a la ventana con cielo para observar el paulatino regreso de la luz dispuesta a repetir sus ritmos.

Hoy necesito palabras extranjeras que me narren historias y lejanías. Comprobar que todavía perviven otros mundos más allá de la ventana y el florero. Y reírme, reírme del dolor y los miedos, de la muerte, de la culpa y el perdón, de las morales y las buenas costumbres y de todo lo que pincha, araña, perfora, atraviesa, corta, lastima, desgarra. Reconociendo, definitivamente, que el futuro no existe y que la eternidad es una falacia, hoy, ahora, quiero y necesito reír para homenajear a la vida, a la luz, a los que aman, al cielo de mi ventana.  

Aquí, fuera del espacio azul, los sonidos y los olores responden a códigos diferentes, pero precisos, que ya voy reconociendo y de alguna manera van ordenando esta vida recuperada, o esta nueva vida que me ha nacido con el dolor propio y normal de todo nacimiento.

Aquí, dentro del espacio azul, hay manos, muchas manos atareadas que van y vienen, que se detienen y apresuran, que se mueven con esmero y rigor, que alisan y acomodan, que vigilan, que comprueban y calculan, que alimentan, que sujetan, que sonríen y alientan, que se esfuerzan por dar, o que conocen únicamente los ritmos de la rutina y el tedio. Las manos han decidido llamarme Ernesto, porque así les sueno y así me reconocen. Yo acepto mi nueva identidad porque todo recién nacido necesita un nombre para saberse.
 
Y cada tanto aparecen ellos: mis protectores y también mis carceleros. Los que han planificado cada instante de mi nuevo tiempo. Los que provocan el dolor para calmarlo, custodian el curso de los días,  establecen los fluidos incoloros, deciden a favor o en contra de mi voluntad o mi deseo. Los gestores de mi realidad con cielo y margaritas. Ellos, artífices de  esperanzas siempre relativas, garantes de futuros siempre inciertos. Ellos, testigos de mi último nacimiento, desconocen mis múltiples vidas pasadas, al igual que yo desconozco las suyas. Podemos intuirnos, suponernos a partir de gestos y apariencias. Podemos atraernos más o menos, actuar con formalidad nuestros roles o rechazarnos con disimulo. Podemos fantasear intimidades para que la imaginación aligere nuestra incertidumbre. Podemos emocionarnos por la vida que intercambiamos, por lo posible y lo imposible. Nos unen la ansiedad y el temor de sostener la vida para que fluya hasta el improrrogable final, que definitivamente desconocemos.



A los callados amaneceres les suceden los mismos sonidos, las mismas manos, las mismas rutinas, aunque los cielos nunca se repitan y la luz invada o no el recinto azul donde me he resignado a esperar el monótono discurrir de los días y las noches. Enfrento este largo plazo de tiempo quieto jugando con líneas y colores, dibujando impulsos, amparado por la delicadeza que me ofrecen los que me cuidan y recuerdan. Y una brisa cálida de sentimientos me nutre el alma, aunque la ciencia se niegue a confirmarlo y alguien pueda considerar que mi sensación es cursi.



Las heridas siempre se transforman con el paso del tiempo. Pueden comenzar siendo brutales hematomas que delatan el impacto de la agresión. Suelen contener restos de sangre coagulada, vestigios del dolor que se ha instalado en la piel para perdurar hasta que se construya el olvido. El triste olvido que puede salvarnos. Y las heridas se convierten en cicatrices, en huellas que continuarán señalando el instante preciso de nuestra debilidad.

En este reiterado amanecer que aguardo con ansiedad para que se defina mi ventana, he decidido borrar mis cicatrices más antiguas. Mi mente las desdibuja de mi piel de recién nacido, para confinarlas en el rincón más oculto de la memoria.

Desde hoy me permiten investigar los pasillos exteriores que frecuentan los guías impacientes. Detrás de una doble hilera de puertas, a veces apenas entreabiertas, se repite mi espacio azul que entonces, al multiplicarse, deja de ser mi espacio. Cada tanto, se interrumpen las puertas y aparecen los territorios donde habitan las manos laboriosas. Todo en riguroso, previsible orden. Y los pasillos se bifurcan y giran para reflejarse a lo largo y ancho de sí mismos, en la frontera exacta de la espera.



Pis, caca, culo, pedo, eructo: soy un perfecto bebé dependiente que quiere pero no puede desprenderse de sus cordones umbilicales. Soy hijo de un fragmento de olvido y una noche tenebrosa. Mi alumbramiento fue una penosa lucha por alcanzar la luz. Si mi vida se confirma tendré que experimentar cada movimiento, cada gesto, cada estrategia para lograr mi independencia, para liberarme de mis ataduras que arrastro o me arrastran por los pasillos recién conquistados. Pis, caca, pedo, eructo repiten a mi alrededor. Investigan los contenidos, miden densidades y temperaturas, calculan las frecuencias y mi culo de bebé se siente protagonista, importante y desinhibido. Pis, caca, culo, pedo repiten hasta el infinito y consiguen que cada palabra pierda contenido y significado. ¿Y el pudor?: lo han derrumbado sin avisar, aunque a los bebés les da lo mismo el pudor y no conocen la vergüenza. Después de tantas vidas me atrevo a  reivindicar mi terso culito con alegría, me relajo y duermo serenamente.



Cuando me siento cobijado por mi espacio azul, y los amaneceres se resuelven sin conflictos. Cuando ya no percibo peligroso el muro con florero, y parece inminente la posibilidad de cruzar los pasillos sin volver atrás, entonces, se manifiesta la sangre.

Bellamente roja. Escandalosa, rotunda y amenazante. Libre y decidida fuera de su curso. Desbordante y desbordada al impregnar el aire con su olor caliente y metálico. Abandonándome sin la menor consideración, mi antigua sangre parece no querer participar de mi futuro. Prefiere diluirse por los túneles de la ciudad que la ignora y la degrada. Desarma mi larga paciencia en su huida atropellada, y me instala en la desazón, en el vacío de aquella primera noche interminable donde la soledad era inmensa y no había manos para aferrarse a nada porque la nada era total.

Y la sangre brota y fluye a través de la madrugada que anuncia un amanecer sin mí, que he decidido irme. Que me he abismado en el cielo turbulento de mi ventana dispuesto a no volver. Extraviado en una huida que me sumerge en mis confines más desolados, donde el aliento y las palabras no tienen razón de ser y el cuerpo pesa toneladas de silencio.

No estoy, me he ido y no acepto razones. Quiero permanecer inmóvil, ignorando lo que sucede a mi alrededor, hundiéndome hasta lo más profundo con los ojos abiertos. Atravieso nubes que crecen impetuosas, se dispersan, vuelven a construirse con energía, estallan traspasadas por inesperados haces de luz, y se renuevan ensayando formas en constante mutación. Mi voluntad y mi infinito cansancio se precipitan sin resistencias. La caída no tiene límites ni plazos. En lo más recóndito, seguramente, me aguarda el impulso que me rescatará una vez más. Emergeré pronto, con ímpetu, persiguiendo una intensa bocanada de vida.

La sangre se va deteniendo poco a poco, titubeante, para volver a su disciplinado cauce y multiplicarse. La alarma se desvanece como todas las alarmas, vencida por el tiempo que nunca se detiene y ni siquiera sabe que es tiempo. Tendré que confiar en el sentido de esta vida recién inaugurada. Los que me aman tienden abrazos a mi paso vacilante.



Después de intentar dormir trescientos años, siento intensos  deseos de tomarme un helado. Atravieso sin impedimentos las penumbras y las luces deslumbrantes de los pasillos exteriores. Las manos laboriosas me desean, con cariño, que no regrese nunca.

Comprendo que mi única opción es comenzar de nuevo, aunque no sé a partir de dónde ni hacia dónde. Nacer suele ser conflictivo porque, al fin, cuando celebramos el triunfo de la vida es sólo que la muerte se ha postergado.




IV - Desde ahora


¿Cómo se construye el hoy, el desde ahora? ¿Cómo se construye una vida nueva, un nuevo e impreciso plazo? ¿Qué debemos dejar definitivamente atrás? ¿Qué recuperar? ¿Qué modificar? 

Contamos con la irreductible memoria, con los miedos y las experiencias que imponen sus límites y tantas veces nos paralizan. También cuentan las rutinas, los deseos postergados, la soledad de saberse. Lo vano del futuro.

¿Cómo se construye el hoy, el desde ahora? Nadie nos ha enseñado, nunca. Tal vez porque el asombro, la pasión o el dolor son intransferibles. Quizás porque no hay aprendizaje posible. Porque cada secuencia de vida es siempre, aunque no lo notemos, sutilmente diferente a sí misma. Y los espejos nunca repiten sus furtivos reflejos. Y ni las caricias, ni las miradas, ni el tono preciso de las palabras son reproducibles. Porque aunque supongamos conocerlas no podemos retenerlas en su esencia, en su preciso matiz.

Entonces no hay respuestas o cada gesto, cada imagen, cada sonido son respuestas constantes en su diferencia que en contadas ocasiones logramos percibir.

Es inútil, siempre hay que comenzar de nuevo. El poder de la experiencia es leve. La memoria se falsifica y nos miente, porque nunca más seremos aquellos que creíamos ser. Nos quedan la intuición, la piel, la boca del estómago, los otros, las ausencias, la imaginación.

¿Cómo se construye el hoy, el desde ahora de una vida nueva?: atreviéndose.




Octubre – diciembre de 2014. 








LOS SILENCIOS


Aquí viene cada uno a buscar su dosis de supervivencia. Aquí las esperas parecen eternas y el tiempo siempre más corto. Aquí los gestos se aquietan, las palabras se mesuran, la fragilidad se impone. Aquí cualquier imprevisto puede estremecer el alma. Aquí todos saben que el único futuro es hoy, ahora.



I – El espacio equivocado.


Es demasiado joven. Tiene una agenda colmada de exámenes y libros de estudio. Tiene una madre que planifica fechas para que allá, afuera, en lo que debería ser su mundo, todo parezca normal. Pero está aquí, ocupando un puesto entre nosotros, frente a mí. Lo observa todo con distancia y extrañeza. Seguramente es su primer día, o uno de los últimos. De pronto, nuestras miradas se entrecruzan brevemente. De pronto, me sonríe con tanta dulzura que se ilumina mi esperanza cansada.



II - Hasta nunca.


Nos hemos reconocido en más de una ocasión. Todavía es posible adivinar la firmeza y la elegancia de lo que fue su cuerpo. Desde la última vez, en su noble rostro ha crecido la resignación. Sabe con absoluta certeza que rebelarse ya es inútil. Sabemos que este adiós es definitivo.



III - ¿Es aquí?


No sabe si debe esperar indicaciones. No sabe si debe esperar.  No sabe qué le espera. Sabe vagamente por qué está allí. Sabe que no quiere estar allí. La invitan a reclinarse en el espacio que le han asignado. Titubea. Continúa esperando de pie. Me saluda como justificándose, como pidiéndome permiso para quedarse. La siento tan definitivamente sola que quisiera protegerla, acunarla en un abrazo que le infundiera un poco, al menos un poco, de tibieza.



IV - Por aquí


No creo que su gesto agrio sea consecuencia de sus posibles dolores. Observo cómo da órdenes al hombre que la conduce, cuidadosamente, en una silla de ruedas. Su despótico tono es innato, no responde a circunstancias momentáneas. Aventuro que ella es, siempre fue, un bicho malo y prepotente que ahora, para castigo de su acompañante, está enfermo. Me lo confirma la angustiada palidez de él paseando la implacable cólera de ella. ¡Sigue por aquí! ¡Sube por allí! ¡Vuelve! ¡Más rápido! ¡Más despacio! Y de improviso aparece una rampa demasiado pronunciada que aceleraría las ruedas de la silla si él se atreviera a descontrolarla, a descontrolarse. Porque él también tiene derecho a la vida.



V - Sonidos.


Un saludo o una bienvenida. Suspiros, respiraciones más o menos aceleradas. Pasos vacilantes, firmes, metálicos a veces, que se acercan o se alejan. Murmullos indescifrables. Muebles que se deslizan. Alguna queja. Toses. Goteos intermitentes. Despedidas. Hasta que, de pronto, una o varias alarmas rompan el silencio para indicar que todos los plazos se cumplen.



VI - A pesar de todo.


Ellas deben mantenerse intactas porque aquí no pasa nada. Su misión es asistir, atender, dar, sostener con buen gesto, con normalidad, evitando cualquier señal sospechosa, porque aquí no pasa nada. Y aunque comprueben día a día, hora a hora, cómo se va la vida, aquí no pasa nada más que se va la vida. De modo que siempre hay y habrá un repertorio de palabras adecuadas para cada duda, para cada dolor, para cada muerte que se aproxima y que ellas saben que no pueden detener. Porque el optimismo, el entusiasmo y la voluntad no son más que recursos bien aprendidos que alientan, pero no podrán nunca vencer a la fatalidad que ni siquiera se esfuerza, que es. Pero aquí no pasa nada y gracias a ellas, que no deben rendirse, que no pueden demostrar nunca su tremendo cansancio o su desesperación, gracias a ellas también la vida continúa.



VII – Familia


El padre parece haber aceptado su destino con serenidad o al menos con obediencia, sin crear problemas. La madre organiza con firmeza, con actitudes de imprescindible distanciamiento. El hijo adolescente menor la asiste, con empatía, en su  efectivo disponer. Hay otro hijo algo mayor que no logra disimular la congoja que lo invade, que lo invadió hace quién sabe cuánto tiempo. El padre se adormece, tal vez para olvidar que nuevamente esta aquí. El hijo herido lo acaricia con delicadeza. La madre ha perdido la mirada en un horizonte inexistente donde el hijo menor se mantiene alerta.



VIII – Desde otro territorio.


El desafiante taconeo, los muslos y las caderas provocativas no son propios de este mundo pálido e insípido. Pero ella es auténtica y espontánea y no puede dejar de contonearse, de invadir el ambiente con su perfume espeso y sus labios desbordantes, de mirar sin disimulos. Al fin, a ella también le ha tocado estar aquí, disponer de un espacio, de una esperanza.  Y todo se contagia de la indiscreción, de la falta de pudor de su presencia inapropiada que le da color a la tarde, que ilumina la inevitable tristeza que siempre permanece, como una niebla casi imperceptible, entre nosotros.



IX – Escenografía.


No sé, no me explico de dónde vino ni cuándo comenzó a respirar con dificultad, hasta dar claras señales de estar a punto de asfixiarse. Todo sucedió en un instante y en un instante las batas blancas se multiplicaron acudiendo desde todos los rincones y varios biombos, también blancos, se fueron desplegando alrededor de los cada vez más intensos jadeos de la víctima, que desapareció de nuestra vista en medio de un prodigioso cambio de escenario acotado por los biombos que disimulaban estertores, oxígenos, jeringas, médicos de urgencia y todo lo necesario para que la mujer fuera recuperándose poco a poco. Hasta que retornó la calma. Se replegaron los biombos. Desaparecieron los artífices del milagro. Sonó una música grandiosa y triunfal y todos celebramos con una ovación la prodigiosa representación de supervivencia.



X – La luz interior.


El cielo, desde adentro de la tarde, es una franja de luz opaca que no ilumina, que sólo perfila cuerpos quietos, acurrucados, plegados sobre sí mismos, olvidados, lejanos, en espera. Desde adentro de la tarde el cielo aparece inmutable, sin nubes, sin reflejos. El cielo es una franja de luz detenida.



XI – Para las bocas apretadas.


Una risa sofocada en medio del silencio, como disculpándose. Una risa que no logra controlarse. Que se piensa inadecuada, pero que contagia y se multiplica. Y se extiende por el aire, con una impertinencia necesaria que parece trastocar las monótonas rutinas del dolor. ¡Qué la risa se atreva a transformarse en carcajada y que todas las bocas se relajen y olviden!



XII – Para el alma.


Con amoroso cuidado le da energía, bocado tras bocado, sorbo tras sorbo. Y se reflejan entre sí y se les iluminan las miradas.



XIII – Ansiedad.


Tose con agotadora insistencia, hasta que se inicia una breve tregua. Y vuelve a toser, y sus pulmones crujen y entrecortan el ritmo de su agitación. Otras treguas cada vez más cortas, otros espasmos cada vez más intensos. Nada parece indicar que logre ya recuperar el ritmo natural del aliento que a todos se nos ha alterado, porque aquí la indiferencia es imposible.   



XIV – Él.


Llegó leve, insonoro, casi transparente. Se detuvo unos segundos, nos observó con melancolía, nos dedicó una suave sonrisa a modo de despedida. Y se fue como había venido, en silencio. Otra vez se apagó la tarde.




Diciembre de 2014. 
 

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